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Palabras del Cardenal Dolan

La siguiente es una homilía del Cardenal Dolan pronunciada el domingo 17 de octubre de 2021 en la catedral de San Patricio con motivo de la apertura del proceso sinodal en la Arquidiócesis de Nueva York.

Sinodalidad

¡Que tengan un bendecido domingo!

¿Podemos hoy reflexionar un poco sobre el papel de la autoridad y el liderazgo en la Iglesia?  Jesús nos enseña todo eso en nuestro pasaje del Evangelio en la misa de esta mañana.

Sí, la Iglesia es de origen divino, pero está integrada por seres humanos imperfectos; sí, Jesús nos presentó un modelo bastante claro de la estructura de su Iglesia: sus apóstoles, los sacramentos, un credo básico y expectativas morales, el obispo, el sacerdote, el diácono, las mujeres y los hombres con deberes en el matrimonio, la familia, las comunidades de fe, que se valen de dones —que la Biblia llama carismas— para la enseñanza, el culto, la caridad, la administración, la curación y el servicio; el mandato de enseñar a las naciones acerca de Él.

A lo largo de su historia de dos milenios llena de matices, la Iglesia una, santa, católica y apostólica ha ampliado y desarrollado su estilo de organización y autoridad.

Hemos tenido papas al frente de ejércitos conquistadores y papas solos en la cárcel.

Obispos llamados “príncipes” y obispos decapitados por príncipes.

Hemos tenido mujeres y hombres viviendo como ermitaños en soledad, o como miembros de florecientes y vibrantes comunidades.

La Iglesia ha enseñado duramente con amenazas de castigos en esta vida y en la otra, o suave y gentilmente bajo la sombra de un árbol fuera de la iglesia parroquial.

Ha gestionado propiedades, edificios y dinero para competir con una empresa de Wall Street, o se ha sostenido exclusivamente gracias a la fe, la oración, el pan, el vino, la Biblia y la generosidad de su gente.

La Iglesia tiene miembros que intentan educar a sus familias, dirigir sus negocios, ganarse la vida, sin dejar de ser fieles a las enseñanzas de nuestro Señor…
Esto solo es una muestra de cómo la Iglesia que apreciamos ha tratado de dirigir, de enseñar con autoridad, de gobernar y de servir desde que Jesús nos lo encomendó.

Y ahora el sucesor de San Pedro como obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal, el Papa Francisco, nos ha pedido a todos que iniciemos un examen de conciencia sobre cómo estamos viviendo como Iglesia el modelo de Iglesia que nos presentó Jesús.  El Papa Francisco nos ha pedido que iniciemos un proceso de preparación y oración para un Sínodo de los Obispos en Roma dentro de dos años, acerca de toda esta cuestión a la que llama: sinodalidad.

Así pues, doy la bienvenida esta mañana a los líderes de la archidiócesis que generosamente participan en los órganos consultivos de estas vastas áreas de la viña del Señor: miembros de nuestras juntas directivas, comités, órdenes religiosas, escuelas, organizaciones benéficas, servicios de salud, apostolado de testimonio en la plaza pública, empresas y Gobierno.  

¿Y en qué consiste esa sinodalidad de la que tanto habla el Papa Francisco?  No sé si lo comprendo del todo; y el Santo Padre es honesto al admitir que tampoco él lo comprende del todo, y precisamente por eso nos ha convocado a esta labor.  Quiere que nos unamos a él rezando, escuchando, discerniendo, examinándonos a nosotros individualmente y a la Iglesia como comunidad, para ver si realmente estamos en el camino que Jesús ha propuesto para su amada esposa, su cuerpo místico, la Iglesia.

Nos ha recordado algunos principios esenciales que Jesús desea que sigamos, claros e invariables, aunque admitimos, por momentos, empañados y enturbiados, a lo largo de la sorprendente historia de 2.000 años de la Iglesia.  He aquí algunos de esos principios no negociables:

  • la energía y la dirección que impulsan a la Iglesia provienen del Espíritu Santo, no de nosotros mismos;
  • aunque estemos en el mundo, no somos del mundo y, por lo tanto, nuestros principios rectores provienen del Evangelio, de la verdad revelada y del patrimonio de enseñanzas de la Iglesia;
  • que los principios de la dignidad innata de todo ser humano y la sacralidad inherente a toda vida humana son los faros morales más importantes de nuestro camino;
  • que nuestro recorrido por esta vida hacia nuestra verdadera y eterna morada en el cielo se logra de manera más eficaz precisamente como un recorrido en el que caminamos juntos y nos acompañamos los unos con los otros, con Jesús como guía, su madre y los santos, y nosotros los pecadores a su lado;
  • que en este recorrido debemos prestar especial atención a los que están al costado del camino, especialmente a los enfermos, débiles, pobres o los que no pueden avanzar a nuestro ritmo;
  • que nuestra riqueza solo proviene de la fe, la confianza, la oración, los sacramentos y su gracia;
  • que la misericordia, el amor, la invitación, la humildad, la alegría, el servicio desinteresado y generoso y el buen ejemplo son nuestras únicas herramientas, nunca la dureza, la condena o el orgullo.

Eso parece ser la sinodalidad en pocas palabras.  Somos católicos leales.  El Santo Padre nos ha pedido que le ayudemos a mantener la Iglesia siempre bajo la dirección que nos propone Jesús, nuestro buen pastor.

Gracias por aceptar su invitación a iniciar este camino de sinodalidad.  Estén atentos a otras invitaciones a medida que el proceso continúe.   Estén también atentos a las novedades de nuestro equipo dirigido por Elizabeth Guevara y Monseñor LaMorte.  

Y no dejen de prestar especial atención a las palabras del Evangelio de esta mañana:

“Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad.  Entre ustedes no debe suceder así.  Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos.  Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. (Mc 10, 42-45)

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